- Las métricas de adopción muestran que iOS 26 progresa mucho más despacio que iOS 18, especialmente en Europa y España.
- El rediseño Liquid Glass, el salto de numeración y la buena salud de iOS 18 frenan la actualización masiva.
- Las estimaciones de uso de iOS 26 oscilan entre el 15‑16 % y cifras cercanas al 60 %, según la fuente de analítica.
- Apple mira ya a iOS 27 como una versión más continuista, centrada en estabilidad y en recuperar la confianza de los usuarios.
Cada vez que Apple lanza una nueva gran versión de su sistema operativo móvil parece que todo el mundo va a correr a instalarla el primer día. La realidad, sin embargo, está siendo bastante distinta con iOS 26: el despliegue va con calma y su presencia aún es modesta si se la compara con la de iOS 18, que continúa siendo la opción dominante en la mayoría de iPhone.
Ese contraste entre expectativas y datos ha alimentado titulares algo catastrofistas, pero para entender qué está sucediendo conviene fijarse menos en el ruido y más en cómo usan el teléfono diario los propietarios de un iPhone. La foto que dibujan las cifras en España y en otros mercados europeos maduros es clara: el nuevo sistema avanza, pero lo hace con el freno echado.
iOS 18 sigue cumpliendo para casi todo el mundo
Uno de los factores clave de esta situación es tan simple como decisivo: iOS 18 funciona muy bien para el usuario medio. Es una plataforma pulida, estable y suficientemente completa para aguantar el trote diario de mensajería, redes sociales, banca, fotos y trabajo sin dar sustos ni obligar a cambiar rutinas.
Para muchísima gente el iPhone es una herramienta, no un campo de pruebas. Mientras todo responda con normalidad, no hay una urgencia real por dar el salto a una versión nueva, por muy llamativas que sean las novedades de marketing o por muchas notificaciones de actualización que aparezcan en Ajustes.
Además, en los últimos años se ha extendido la costumbre de esperar un tiempo prudencial antes de actualizar. No es desconfianza extrema, sino experiencia acumulada: las primeras revisiones de cada iOS suelen llegar cargadas de pequeñas correcciones, y muchos prefieren dejar pasar unas semanas o incluso meses antes de mover ficha.
En mercados como España, donde los usuarios tienden a alargar la vida útil de sus dispositivos, esa prudencia se acentúa. Quien conserva un iPhone de hace varios años y ve que iOS 18 continúa siendo rápido y estable siente todavía menos presión por arriesgarse con un sistema que cambia tanto su aspecto como iOS 26.
Un estreno frío para una versión llamada a revolucionar el diseño

iOS 26 desembarcó en septiembre con la etiqueta de gran giro estético. Su mayor carta de presentación es Liquid Glass, un nuevo lenguaje visual basado en transparencias, reflejos y efectos de profundidad que sustituye a la interfaz más sobria que llevaba años acompañando al iPhone.
La jugada parecía redonda. Durante el verano, Apple presumía de que la beta de iOS 26 había sido la más descargada de su historia
Sin embargo, el entusiasmo se ha ido desinflando a medida que la versión definitiva ha llegado al gran público. Según diferentes registros de uso, la instalación de iOS 26 está siendo inusualmente lenta y una amplia mayoría de propietarios de iPhone ha decidido, al menos de momento, quedarse anclada en iOS 18.
El contraste es especialmente visible en Europa occidental y en países como España, donde históricamente los usuarios de iPhone solían actualizar con bastante rapidez. En ciclos anteriores, la presión de algunas aplicaciones —que dejaban pronto de admitir sistemas antiguos— y la confianza en Apple empujaban a instalar la última versión casi sin pensarlo.
Las cifras que dejan a iOS 26 muy por detrás de iOS 18
La percepción de tropiezo de iOS 26 bebe en gran medida de estadísticas de firmas como StatCounter, que analiza el tráfico web para estimar qué sistemas operativos se usan. Sus informes recientes dibujan un reparto del parque de iPhone en el que la nueva versión apenas logra hacerse hueco.
Con esos datos sobre la mesa, la cuota combinada de iOS 26 rondaría solo el 15‑16 % de los dispositivos activos. Dentro de ese porcentaje, iOS 26.1 sumaría en torno a un 10,6 %, iOS 26.2 se movería alrededor del 4,6 % y la primera versión pública, iOS 26.0, apenas superaría el 1 % de presencia.
En el lado opuesto, iOS 18 se mantiene con autoridad al frente del uso real. Las versiones más recientes, como iOS 18.7 e iOS 18.6, concentran buena parte de la base instalada, hasta el punto de que más de seis de cada diez iPhone seguirían funcionando con esta generación del sistema, relegando a iOS 26 a un papel casi testimonial en comparación.
Si se mira hacia atrás, el contraste resulta aún más llamativo. En fechas similares del ciclo anterior, iOS 18 ya se aproximaba al 60 % de adopción, mientras que versiones previas como iOS 17 o iOS 16 habían superado cómodamente la mitad del parque poco después de lanzarse. Frente a esos antecedentes, el 15‑16 % que se le asigna a iOS 26 parece corto.
Un ritmo de adopción desigual según la fuente de datos
Conviene, no obstante, poner estas cifras en cuarentena. Las métricas tipo StatCounter se basan en detectar la versión del sistema a través del navegador, algo que puede generar sesgos si parte de los usuarios pasa más tiempo en apps nativas que visitando páginas web, o si el método de identificación no distingue bien entre versiones.
Otros servicios de analítica centrados en desarrolladores, como TelemetryDeck, dibujan un escenario bastante más favorable para iOS 26. A partir de los datos agregados de uso de aplicaciones, estiman que la nueva versión podría estar ya cerca del 60 % de instalaciones entre usuarios activos, lo que la situaría en línea, o incluso algo por debajo, de ciclos previos.
Medios tecnológicos europeos que han revisado sus propios registros internos apuntan en la misma dirección matizada. En algunos portales especializados en iPhone y iPad, más de la mitad de los lectores accedían ya con iOS 26 en diciembre, y el porcentaje se habría disparado hasta cerca del 70 % en enero, eso sí, sobre una audiencia muy techie y proclive a actualizar pronto.
En cualquier caso, incluso tomando como referencia las estimaciones más optimistas, la sensación general del sector es que iOS 26 no está replicando el empuje inicial de generaciones anteriores. Entre quienes más siguen la actualidad de Apple, el salto ha sido algo más pausado, y entre el público general la inercia de iOS 18 es todavía más evidente.
Liquid Glass, un rediseño que divide a los usuarios
Buena parte de esta frialdad se explica por la propia apuesta estética. Con iOS 26, Apple ha querido dar un golpe sobre la mesa con Liquid Glass, un diseño que llena la interfaz de capas translúcidas, reflejos y animaciones más vistosas. Sobre el papel, un sistema más moderno y ligero; en la práctica, no todo el mundo lo ve igual.
Entre los comentarios que más se repiten en redes y foros hay críticas al exceso de brillo, a la falta de claridad y a la sensación de que todo resulta más recargado. A quienes preferían la sobriedad visual de iOS 18, el cambio les parece innecesario o incluso molesto, sobre todo en pantallas pequeñas o en entornos con mucha luz donde las transparencias dificultan la lectura.
Apple ha reaccionado con cierta rapidez. En una de las primeras revisiones del sistema introdujo opciones para atenuar los efectos de Liquid Glass, permitiendo reducir animaciones e intensidad de las capas translúcidas. Ese ajuste, aunque bien recibido por parte de la comunidad, se interpreta también como un síntoma de que en Cupertino son conscientes de que el rediseño no ha encajado como se esperaba.
Otra cuestión que pesa es la falta de homogeneidad. Las grandes apps de referencia, como los principales navegadores o los servicios propios de Apple, han adoptado con relativa rapidez el nuevo lenguaje visual, pero una buena parte del ecosistema de terceros avanza a otro ritmo.
El resultado es un sistema un tanto híbrido, con pantallas que abrazan de lleno Liquid Glass y otras que parecen ancladas en la estética de iOS 18. Esa mezcla de estilos rompe una de las señas históricas de iOS: la sensación de coherencia y unidad en todos los rincones de la interfaz.
El efecto psicológico del salto del 18 al 26
Más allá del aspecto visual, hay un elemento casi psicológico que también influye en la decisión de muchos usuarios: el salto de numeración. Apple ha optado por alinear el nombre del sistema con el año en curso, pasando directamente de iOS 18 a iOS 26, un cambio brusco que no deja indiferente a quien solo mira el número que aparece en la notificación.
Para los más informados, es un detalle menor. Pero para el usuario medio, pasar de un 18 a un 26 suena a transformación radical. Ese simple salto puede asociarse a riesgos: miedo a que el teléfono vaya más lento, dudas sobre si todas las apps seguirán funcionando igual o temor a que el dispositivo se sienta de repente antiguo y forzado.
En tiendas y servicios técnicos es habitual oír frases del tipo «si mi iPhone va bien, prefiero no tocar nada». Ese conservadurismo, ya de por sí frecuente, se ha visto reforzado por los comentarios sobre el rediseño, por lo que muchos han optado por ignorar la actualización, al menos hasta ver cómo evoluciona la experiencia de quienes ya han dado el paso.
El contexto tampoco ayuda: iOS 18 ha envejecido de forma especialmente sólida. Sigue siendo rápido en la mayoría de modelos compatibles, estable y plenamente funcional para la gran mayoría de usos. Cuando el sistema actual resuelve todo lo que necesitas sin incordios, la motivación para jugársela con una revisión tan ambiciosa se reduce a la mínima expresión. Esto es especialmente cierto en modelos como el iPhone 13 Pro Max, donde la percepción de rendimiento y autonomía sigue siendo buena.
Menos presión para actualizar: iOS 18 continúa recibiendo parches
Otro elemento que explica la calma en la adopción es la política de soporte. A diferencia de lo que ocurría hace años, Apple sigue publicando actualizaciones de seguridad para iOS 18 con cierta regularidad. Esto cambia por completo la percepción de quienes prefieren no dar el salto a iOS 26.
Quedarse en una versión anterior ya no se percibe como una temeridad, sino como una opción razonable desde el punto de vista de la seguridad. Los parches tapan vulnerabilidades críticas y permiten mantener un nivel de protección aceptable sin necesidad de abrazar los cambios de diseño y las novedades de la nueva generación.
En países como España, donde muchos usuarios estiran sus teléfonos durante varios años, esta estrategia tiene un impacto directo. Propietarios de modelos como el iPhone XR o el iPhone XS, que se han quedado fuera de la lista oficial de dispositivos compatibles con iOS 26, pueden seguir con iOS 18 y recibir correcciones relevantes sin sentirse desatendidos.
Al desaparecer la sensación de «obligación» para estar a salvo, la actualización deja de verse como un requisito técnico y pasa a ser una decisión personal. Quien duda tiende a posponerla, a la espera de que las primeras quejas se diluyan, que los errores se corrijan y que la experiencia se consolide con las versiones 26.1, 26.2 y sucesivas.
Esa espera genera un círculo complicado de romper: quien retrasa el salto escucha más críticas que elogios, y cuanto más se alarga ese periodo de observación, más arraigada queda la idea de que quizá no compense cambiar algo que ya funciona.
¿Está iOS 26 realmente entre los peores estrenos de Apple?
Con este panorama, es lógico que muchos se pregunten si iOS 26 está firmando uno de los lanzamientos menos exitosos de la historia reciente de iOS. Los porcentajes modestos que arrojan algunas mediciones empujan a pensar que sí, pero la realidad es algo más matizada.
Las estadísticas basadas en tráfico web, como las de StatCounter, no cuentan dispositivos, sino sesiones de navegación. Eso implica posibles desajustes: si ciertos perfiles de usuario navegan poco por el navegador y se mueven más en apps, o si el método de detección no reconoce bien la versión, la foto final puede distorsionarse.
Frente a estos datos, otras fuentes centradas en el uso real de aplicaciones estiman que la implantación de iOS 26 estaría bastante por encima del 15‑16 %, acercándose a la franja del 60 % de usuarios activos. Esa visión encaja mejor con lo que reflejan algunos medios especializados y varios desarrolladores, sobre todo en audiencias más aficionadas a la tecnología.
Aun así, incluso aceptando la lectura más favorable, el consenso entre analistas es que iOS 26 no ha conseguido el tirón inmediato de otras generaciones. El cambio de diseño, la confusión que provoca el salto numérico y la solidez de iOS 18 han pesado más que los argumentos a favor del nuevo sistema.
Hasta que Apple publique sus propios porcentajes de adopción —algo que suele hacer de forma puntual a lo largo del año—, el debate seguirá abierto. De momento, la narrativa dominante en buena parte de Europa es la de un sistema que «no termina de arrancar» y que muchos usuarios miran con cierta distancia.
Qué supone este ritmo para Apple y para el futuro de iOS
Desde la óptica de Apple, una arrancada lenta no tiene por qué ser un drama. La compañía diseña iOS pensando en el medio y largo plazo, y suele presumir de cifras de adopción cuando el sistema lleva ya un tiempo rodando, no necesariamente en los primeros meses tras su salida.
Además, que una parte muy importante del parque de iPhone siga en iOS 18 también tiene lectura positiva: significa que esa versión sigue siendo plenamente viable. Apple mantiene el soporte, corrige errores y va liberando parches de seguridad, lo que refuerza la imagen de un ecosistema cuidado incluso para quienes no persiguen siempre lo último.
Para la propia compañía, que el usuario se tome su tiempo también tiene ventajas. Es preferible que la actualización llegue cuando la persona se siente cómoda, sin la sensación de estar siendo empujada o de convertirse en beta tester involuntario, que forzar el cambio a toda costa y asumir más quejas.
Si miramos atrás, el comportamiento tampoco es tan extraño. Varias versiones de iOS han tenido un despegue inicial más templado para luego consolidarse con fuerza a medida que se acumulaban las revisiones, se limaban fallos y las nuevas funciones se volvían más familiares para el gran público.
Todo apunta a que iOS 26 seguirá esa misma senda: un crecimiento más suave, apoyado en las versiones 26.1, 26.2 y siguientes, que termine por convencer a quienes ahora mismo están a la espera. No parece que vaya a convertirse en la versión estrella de la década, pero tampoco en un absoluto desastre.
iOS 27: el «Snow Leopard» que tiene que calmar las aguas
Con iOS 26 todavía asentándose, buena parte de las miradas ya se dirigen a iOS 27, llamado a ser el lanzamiento que ponga orden. Las filtraciones y el análisis de los movimientos de Apple apuntan a una actualización más conservadora en lo visual, centrada en afinar lo que ya se ha puesto sobre la mesa.
Las comparaciones más repetidas hablan de un enfoque similar al de Mac OS X Snow Leopard o iOS 12: menos fuegos artificiales y más trabajo interno en rendimiento, estabilidad, corrección de errores y una integración más sólida de Apple Intelligence en todo el sistema. En ese contexto, las funciones de IA previstas para iOS 27 podrían jugar un papel importante, pero con un enfoque más práctico que estético.
La lógica detrás de esta estrategia es clara. Si iOS 26 se percibe como una actualización arriesgada y algo divisiva, iOS 27 debe presentarse como la versión que lo asienta todo. Un sistema que mantenga las partes valiosas de Liquid Glass, reduzca excesos visuales, mejore la consistencia entre apps y devuelva la sensación de familiaridad a quienes no se han movido de iOS 18.
Para Apple el reto no es menor: tiene que convencer a una base de usuarios poco inclinada a actualizar en masa. Ya no basta con adornar el sistema con animaciones o iconos renovados; el mensaje tendrá que centrarse en que el cambio aporta comodidad real, seguridad a largo plazo y una experiencia más fluida en el día a día.
Mientras llega ese momento, iOS 26 queda en una posición algo incómoda: es la edición que marca un punto de inflexión estético, pero también la que está pagando el coste del rechazo inicial. Si iOS 27 consigue ser percibido como la versión «seria» y madura de esta transición, es posible que el tiempo acabe suavizando la mala fama de iOS 26 y lo coloque más como un experimento necesario que como un tropiezo mayúsculo.
La fotografía actual es la de un iOS 26 que avanza con dificultad y muy por detrás de iOS 18 en adopción, frenado por un rediseño discutido, un salto de numeración confuso y la buena salud de la versión anterior, en un contexto en el que los usuarios europeos parecen priorizar estabilidad, familiaridad y seguridad frente a cambios visuales agresivos, mientras Apple reajusta el rumbo de cara a sus próximas grandes actualizaciones.